—Chacales—exclamó Mendi, con su voz gruesa—. ¡Qué ha de haber aquí! ¡Unos perros que suelen andar entre las ruinas! Se les pega una patada y echan a correr. Aquí no hay nada.

Mendi me pareció un hombre simpático, pero terco y, sobre todo, ignorante y sin curiosidad ninguna. Apartándole de la música y de otras dos o tres cosas, en lo demás era negado.

Volvimos a casa sin encontrar más alma viviente que algún perro, que nos persiguió con sus ladridos, y nos presentamos a la mesa de Chiaramonte. Pronto comprendí que el amigo Mendi se había hecho el amo de la casa del maltés. Todo el mundo le contemplaba con admiración. Mendi empleaba en su conversación una variedad de tonos: hablando en francés, era redicho y afectado; en castellano, tenía la tendencia a imitar a los andaluces.

A cada paso me decía:

—Eugenio. ¡Eh! ¡Aquella sidra de nuestro país! ¡Aquellos perrachicus! Aquí no hay elementos.

Después de cenar, Mendi pasó a una salita, con un piano, y fuimos todos tras él.

Se puso a tocar, y las niñas Rosa y Margarita cantaron. Las pobres muchachas temblaban, porque el maestro era tan severo, que no les perdonaba la menor falta.

—No, no. Así no es—decía Mendi—; hay que empezar de nuevo.

—No sea usted pesado—le dije yo—; lo hacen muy bien.

—No, paisano, no. Esto hay que hacerlo completamente bien, o no hacerlo.