—Tiene razón—dijeron las chicas—; debe corregirnos mientras no lo hagamos tal como es.
Chiaramonte y su mujer creían lo mismo.
Terminamos nuestra reunión y nos fuimos a la cama.
Cuando iba a entrar en mi cuarto, me gritó Mendi:
—Eugenio, ¡eh!; aquellas sardinas que se comen en nuestra tierra no las encontrará usted aquí. No hay elementos, ya se convencerá usted.
Me acosté, me dormí, y a la mañana siguiente fuí al consulado inglés y, después, a casa de Isaac Bonaffús.
Le dije a éste que mi fardo lo habían desembarcado, y que, si quería, lo llevaría a su tienda. Me contestó que sí, pero que no lo abriría sin estar yo delante.
Volví a mi casa y me encontré en la puerta con Chiaramonte.
El maltés era un hombre de unos cincuenta años, tostado por el sol. Tenía, indudablemente, sangre de hombre del Norte; el ojo que le quedaba, azul como de porcelana, y el pelo, más claro que la tez.
Me enseñó Chiaramonte su casa, que era grande; tenía hermosas cuadras y grandes almacenes de paja y cebada. Hablamos de caballos, y yo le solté todos los datos que había leído en el libro de Volney sobre los potros del Yemen.