Estando hablando se presentaron las dos hijas, Rosa y Margarita, acompañadas de un criado; volvían de oír misa en el convento de franciscanos. Las saludé, y las dije que la noche anterior no las había visto bien. Eran mucho más bonitas de lo que yo me había supuesto.
Rosa era rubia, con un color tan fino, tan delicado, que maravillaba.
Margarita era un tipo más meridional.
Rosa, al oír mi galantería, se puso un poco encendida, y Margarita se sonrió.
—¡Ah el espagnuolo! ¡Siempre galante!—dijo el padre, riendo, dándome una palmada en la espalda—. Bueno, bueno; vaya usted a almorzar, que no habrá usted almorzado.
Subí al comedor, me sirvieron el desayuno y charlé un rato con las dos hermanas. Me dió tristeza verlas a las dos solas, sin amigas, viviendo casi siempre encerradas.
Hablamos de Mendi, y vi que Rosa se animaba mucho con esta conversación.
Después de la charla volví a casa de Isaac Bonaffús, quien me dijo:
—Ha estado aquí el capitán francés Lasalle y le he hablado de usted. Le he dado sus señas y me ha dicho que irá a verle.
—Bueno. Está bien ¿Arreglamos el negocio de mis mercancías?