—Sí, cuando usted quiera.
Examinamos el género, que venía intacto; lo tasó Isaac, y yo separé un paquete grande de sedería que no estaba en la factura.
Isaac me abrió una cuenta corriente en su libro de nueve mil y tantas pesetas, y me volví a casa.
Al llegar me dijeron que había venido un capitán francés a preguntar por mí, y que volvería a la hora de cenar.
—Tengo que hacerles un regalo—les dije a las chicas del maltés—. He traído un paquete de sedería, y de él he sacado tres pañolones bordados que están en mi cuarto. Primero elegirá Rosa; después, Margarita, y el que quede será para su madre.
Se hizo la elección, y quedaron todas encantadas.
Cuando entró Chiaramonte le llevaron a ver los pañolones.
—No, no; esto no es posible—dijo el maltés tuerto—, esto vale mucho; yo no puedo aceptar un regalo así.
Le dije que no fuera tonto, que a mí me habían costado poco, y que no molestara a su mujer y a sus hijas con tonterías.
Chiaramonte me dió la mano.