—¡El espagnuolo! ¡Siempre es así! Loco, loco.

Llegó Mendi, que venía de visitar el convento de franciscanos españoles, donde tenía una lección, y nos sentamos a la mesa.

Estábamos a la mitad de la cena cuando se presentó el capitán Lasalle. Le pregunté a Chiaramonte si quería que lo pasara al comedor, y me contestó que sí. Entró el capitán, le convidamos a cenar y dijo que acababa de hacerlo, y que tomaría una taza de café y una copa de licor.

El tal capitán era un mocetón de unos treinta a treinta y cinco años, con el pecho muy abombado, bigote y patillas negras y grandes tufos encima de las orejas.

Hablaba un francés muy gascón, y a cada paso decía. ¡Pardi! ¡Sacre bleu! Me pareció un hombre muy ordinario. Me dijo que era sobrino segundo del general Lasalle. Yo le conté que, en 1809, le había visto pasar a su tío por Burgos.

Lasalle dijo que estaba muy contento en Alejandría; que en tres años había ascendido de sargento a capitán.

Después de cenar tomamos café y pasamos al saloncillo, donde Mendi se puso al piano. Cantaron Rosa y Margarita. Lasalle, en una postura académica, las elogió, retorciéndose el bigote, con aire de conquistador.

Después quiso cantar él, pero no se pudo poner de acuerdo con Mendi. Este, con su serenidad habitual, le dijo con su francés perfilado:

—Para cantar, como para todo, amigo mío, hay que saber, y usted no sabe.

El capitán se marchó muy amoscado con Mendi, echándole una mirada furiosa.