—¿Pues qué tiene usted que hablar con él?
—Yo quiero ver si entro en el ejército egipcio de comandante de escuadrón.
—¡Usted quiere ser soldado!—exclamó Mendi—. ¡Usted quiere andar con esas tropas de turcos sarnosos, asquerosos! ¡Vestido de mamarracho! No lo hubiera creído en un paisano mío.
Me quedé un poco asombrado y confuso.
—Todavía no sé si me aceptarán—dije.
—No quiera usted ser soldado—saltó Margarita—. Se hará usted borracho, malo... ¿Para qué quiere usted ser militar?
La madre, la Cayetana, dijo que ella tenía amor por el ejército, y que si no hubiera visto a su marido de uniforme cuando era joven y no era tuerto aún, no se hubiera enamorado de él. Mendi aseguró que a él le tendrían que prometer que le iban hacer capitán general, bajá de tres colas y casarle además con la hija del virrey para decidirle a que entrase en el ejército egipcio. Se discutió la cosa largamente y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente, al levantarme y asomarme a la ventana, le vi a Chiaramonte.
—¡Eh! señor espagnuolo—me dijo—. ¿Quiere usted beber un vaso de leche de camella?
—¿De camella?