—Sí, sí.

Me alargó un vaso grande y la bebí toda. Era muy buena.

—¿Ahora qué va usted hacer?—me dijo el tuerto.

—Voy a ir a visitarle a ese capitán francés que vino ayer noche.

—¿Tiene usted sus señas?

—Sí. Aquí las tengo escritas.

—Bien. Yo le acompañaré a usted.

Nos encaminamos por entre callejuelas estrechas y sin empedrar, con las casas bajas, sin alineación, con rejas y celosías y miradores que casi se tocaban los de una pared con los de enfrente. Algunos camellos disformes cargados de odres con agua, y adornados con collares con cuentas de cristales de colores, marchaban despacio, y los árabes flacos, morenos, como si fueran de barro cocido, con una camisa corta, iban de prisa, unos a pie, otros montados en borriquillos, llevando frutas y panes redondos y chatos.

Llegamos hasta un extremo de la ciudad, cerca de una puerta de la muralla, donde había un mercado sucio, de puestos hechos con cañas y esteras, y nos detuvimos en un caserón antiguo y arruinado.

—Aquí es—me dijo Chiaramonte—. Hasta luego—, y se marchó.