En el portal me encontré a un soldado, en mangas de camisa y con gorra de cuartel, limpiando dos caballos.
Le pregunté por el capitán Lasalle.
—¿Quiere usted ver al capitán Lasalle?—me dijo, cantando con acento parisiense.
—Sí.
—Está bien. Venga usted.
Entramos en un patio, lo cruzamos, salimos a un jardín muy bien cuidado, y en un ángulo vi un pabellón de ladrillo, de construcción moderna, con una escalera de palomar.
Subimos y apareció otro soldado, a quien el primero dijo que yo venía a ver al capitán Lasalle.
Contestó que esperase un momento, y al poco tiempo apareció el capitán con una bata de percal con florones, un fez en la cabeza y una pipa en la boca.
Hablamos primeramente de mi asunto, y Lasalle me dijo que no tuviera muchas esperanzas. Me contó que el general Boyer, encargado de formar el ejército, en aquel momento en el Cairo, estaba dominado por los ingleses, y que el pachá de Alejandría, aunque buena persona, era un antiguo mameluco. Me habló mucho de Ibrahim pachá y de sus favoritos. Ibrahim pachá, el hijo del virrey, era el que disponía en el ejército. Entre su séquito estaban el coronel francés Anthelme Seve, que había renegado y se llamaba Soliman Bey, y era general egipcio. Soliman Bey había sido protegido por un mecánico francés, Gonon, que le presentó a Mehemet Aly y había sido el primer instructor europeo de las tropas. Soliman vivía en aquel momento en el Cairo, donde tenía su harén. Me habló también de Khurschid pachá, que, como todos los mamelucos, era hombre cruel e invertido, y de un capitán corso apellidado Mari, que se hacía llamar Bekir Aga. Estas eran las personas más influyentes en la corte, sobre todo en cuestión de asuntos militares. Me indicó que si pretendía entrar en el ejército egipcio no dijera que era emigrado constitucional; que no me relacionase con los franceses e italianos que andaban por Alejandría, porque la mayoría eran estafadores y ladrones huídos de Europa, que se hacían pasar por emigrados políticos. Los egipcios que se les reunían eran mamelucos expulsados que los tenían lejos del Cairo para que no conspiraran.
Después se me puso a hablar de mis patronas.