—Como ve usted, no siempre—dijo D. Evaristo, riendo—. Cuando llegue usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.
—Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.
—No, hombre, no. Muy buena.
—¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable granuja.
—Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para usted, D. Juan Martín.
—¿Qué ha pensado usted para mí?—preguntó el Empecinado.
—Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para oponerse á la invasión de los franceses.
—¿Querrá?
—¡Qué remedio le queda!—exclamó irónicamente San Miguel—. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.