Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.
—De manera que eres carbonario—preguntó D. Juan Martín.
—Sí.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Hombre. ¿Para qué?
—Yo no he tenido secretos para ti.
Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos despachos.
En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín, el Empecinado.
—Espero que harán ustedes maravillas—dijo el ministro.