—Cuenta eso.

—Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa, llamada El interior de mi estudio, en que se habla de la paz conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos. Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco, se levantó y gritó: A la porte la canaille! Nosotros contestamos, gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!

—Los militares se echarían sobre vosotros.

—Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse de allí.

—¿Usted es francés?—me preguntó luego, con un acento muy cómico.

—No, soy español.

—¡Ah, es usted español!

—Sí.

—¿Castellano?

—No, navarro.