Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y entre ellas el Zocato.
Aviraneta dijo en voz baja:
—¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera detenernos hay que matarlo.
Diamante tenía su sable; Valladares, el Arranchale y Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.
Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil, porque pronto les dió alcance.
Aviraneta gritó:
—¡Media vuelta!
Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían.
Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la garganta de otro.