Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían qué hacer.
Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.
Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de ellos era el Estudiante, que había escapado no sabía cómo, medio desnudo y lleno de heridas; el otro, el Lobo, á quien habían ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.
El Estudiante dijo que á Nación, al Fraile y al Cómico los habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después, al Fraile le habían vaciado los ojos y al Cómico le habían mutilado.
Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus compañeros se fijaron en ello.
Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué terrible. Tenían delante al Buche, al Capillitas, al Zocato y al Trigueros, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos, los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.
El Arranchale, sin saber cómo, desapareció. El Estudiante, loco de cansancio y de terror, se echó á los pies del Capillitas pidiendo perdón, pero éste no estaba para perdones.
—No, no, os vamos á fusilar á todos.
—¡A todos, á todos!—dijeron los demás.
—Va usted á fusilar á un oficial de Merino—dijo Aviraneta.