—¿Quién es?

—Yo.

—¡Hombre! Pues no me importa nada, monín—dijo el Capillitas—. Te contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo antes sino ahora que defiende la religión.

A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio, Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y monín.

—Este es el jefe—dijo el Trigueros mostrando á don Eugenio—el amigo del Empecinado.

—Lo tendremos en cuenta—exclamó el Capillitas—. Conque señores, como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.

—Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú—dijo Aviraneta—. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme las botas.

Dos hombres del Buche se acercaron á Aviraneta.

—Dejadle, dejadle—dijo el cura—; le calentaremos los pies para que se amanse. ¿Y usted?—preguntó el cura á Diamante.