El Arranchale había resuelto la situación. Al escapar había encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y las había buscado y las había traído.
Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al Zocato y al Trigueros.
Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.
—¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?—le comenzó á preguntar el Estudiante con sorna.
El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el Zocato pedía perdón y el Trigueros protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos prisioneros.
Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.
Luego, entre el Estudiante y unos soldados, cogieron los cadáveres del Zocato, del Trigueros y del Capillitas, y los colgaron por el cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.
—Este amor por lo decorativo nos pierde—exclamó Aviraneta con humor.
—No cabe duda—dijo el Arranchale á Aviraneta en vascuence, con mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento—que les gustará á ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda.
Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al Arranchale, y celebró la frase riendo.