—Entremos.
El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un cuarto de hora.
—Ahora estaremos debajo del pueblo.
Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El Rito apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada.
El Rito y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo, vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un sepulcro ibérico tallado en roca.
Luego el Rito le contó la historia de una partida que se había levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes encantos, porque el Rito decía:
Jálama, jalamea,
quien no te ve
no te desea.