La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados a los tres señores, y agarró de la mano al chico.

—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene por su hermano un cariño verdaderamente curioso e interesante, y yo no sé si no sería cruel separarlos.

—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.

—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se fueron los tres.

—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús a la chica.

—¿Yo? Salvadora.

—¿Quieres venir a vivir conmigo con tu chico?

—Sí—contestó sin vacilar la niña.

—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va a poner más contenta—dijo Jesús como para dar una explicación de su rasgo—. Si no la van a separar de su crío y es una barbaridad.

La chica cogió al niño en brazos y acompañó a Jesús. La Fea debió recibir a los dos abandonados con gran entusiasmo. Manuel no presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven: