—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.

—Sí, hombre... El Aristón.

—El mismo.

—¿Vives aquí?

—Ahí en el Corral.

El Corral era uno de los patios del parador, y daba a ese infecto Rastro que va desde la Ronda a la fábrica del gas. El Aristón seguía con su necromanía; no le habló a Manuel más que de muertos, entierros y cosas fúnebres.

Le dijo que iba a los camposantos los domingos; pues él consideraba como un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar a los muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que a pesar de esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.