—Si quieres venir, verás un muerto.

—¿Y qué vas a hacer junto a ese muerto?

—Voy a velarle y a rezar por él—dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había un hombre muerto, tendido en un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando una voz chillona de vieja borracha, cantaba a voz en grito:

«Ande, ande, ande

la marimorena;

ande, ande, ande,

que es la Nochebuena.»

En el cuarto del muerto, en aquel instante, no había nadie.