CAPÍTULO IV
La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.
A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo Santín, envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un zumbido suave.
Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta Esther y pasó adentro.
—¿Y Bernardo?—preguntó Roberto.
—No ha venido en todo el día—contestó la ex-institutriz.
—¿No?
—No.
Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.
—¿Se han llevado la máquina?—preguntó Roberto.