—Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de repente se detuvo ante Esther.

—¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

—Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.

—Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si el consejo le parecerá a usted brutal...

—Diga usted.

—Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

—Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.

—¿Y qué voy a hacer?