—¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés. ¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?

—No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido nunca.

—Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

—Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día siguiente estaba arrepentida.

—Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego, cuando la fuí conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado a una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me lo he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?

—No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre. Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano, y una de inglés, con lo que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas a todas horas; correteando por las calles para encontrar una plaza de institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme a la mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la señora y ésta me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una hermana. Puede usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada a pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le encontraba petulante y poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria a la que había hecho con Oswald; me alabó a Bernardo a todas horas, me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba. Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio desdichado, y viéndome casada se fué de Madrid. A las dos o tres semanas de matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las había dictado Fanny.

—¿Fanny dice usted?—preguntó Roberto.

—Sí; ¿la conoce usted?

—Creo que sí.

—Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me ha llevado a una situación aun peor que aquélla en que me encontró. Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito a él citándole para mañana.