—Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?
—¿No es usted amigo mío?
—Sí.
—Entonces venga usted.
Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al encontrar solo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir un libro, el Antilatino, considerando los pueblos latinos como degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no había hecho nada. Francia tenía a su alrededor la muralla de la China. Como ha dicho Bjorson, desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el mejor músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor a Bocklin; sin embargo, en Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.
Roberto no contestó a esto y observó atentamente a Oswald. ¡Le parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel nombre largo, a quien citaba una mujer y hablaba de sociología!
Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente, salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.
—¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?—dijo Esther a Oswald.
—Sí, creo que sí.