—Sí, sabía que vendría usted.
—¿Qué le quieres a Oswald?
—Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted que Oswald había engañado una mujer para abandonarla después.
—¡Yo!—dijo con asombro el pintor.
—Si, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor despreciable y sin talento.
Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
—Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos—siguió diciendo Esther dirigiéndose a Oswald—no dejó ocasión de hablar mal de usted, de insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como un malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...
—¡Mientes, mientes!—gritó Fanny con voz chillona.
—Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después ví que había cometido conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.
—Pero usted me escribió una carta—dijo Oswald.