—Yo, no.
—Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.
—No, yo no he escrito esa carta, la escribiría Fanny, que quería a todo trance apartarle a usted de mí.
—¡Oh! Ha matado mi vida—exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó junto a la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la silla y comenzó a pasear de un ladro a otro del cuarto.
—Esta es la verdad, la pura verdad—afirmó Esther—, y quería que la supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.
—¡Ha matado mi vida!—repitió Oswald con su tono enfático.
—Ella. Ha sido ella.
—Te mataré—gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a Esther.
—¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?—preguntó Oswald.
—Sí.