Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo y violentamente la hizo separarse de Esther.

—¡Ah! ¿Eres tú, Bob?—dijo Fanny serenándose inmediatamente—; has venido a tiempo, iba a matarla.

La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iban a arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos análisis psicológicos que no conducían a nada. Había obscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba monótonamente.

—Sé tú el árbitro—dijo Fanny a Roberto.

—Yo, con que cada uno vaya por su lado creo que resuelven su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a Esther un perjuicio material grandísimo.

—Estoy dispuesta a indemnizarla.

—Yo nada quiero de usted—exclamó Esther.

—No; perdone usted—dijo Roberto—, perdone usted que tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.

—Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.

—Yo he dicho también que no quiero nada de usted.