Manuel quedó mirando asombrado a Vidal, que sonrió misteriosamente.

—¿Tú estás cansado?—preguntó Vidal.

—No.

—Entonces vamos a Romea.

—¿Qué hay allá?

—Baile y mujeres guapas.

—Vamos, sí.

Salieron del café y subieron la calle de Carretas.

Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.

El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de humo, con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se presentó una funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la manera más sosa que puede imaginarse, entre las interrupciones y los gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó a las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió media palabra y cuyo estribillo era: