Pauvre petit chat, petit chat.
Después dió unas cuantas volteretas levantando un pie hasta dar con él en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió a levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo que enloquecía a todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir a todo el teatro.
—¡Ahí la visagra!
—¡Esa tripita!
Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
—¡Tango! ¡Tango!—gritaban todos como energúmenos.
Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.
—¡Viva la lujuria!—vociferaba un joven al lado de Manuel.
Volvió la bella Pérez a bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y Vidal, una muchacha mecía en sus brazos a una niña, con la cara llena de costras. La muchacha, señalando a la bella Pérez, decía a la niña: