—Mira, mira a mamá.

—¿Es la madre de esta chica?—preguntó Manuel.

—Sí—contestó la niñera.

Sin saber por qué, Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.

Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de huéspedes de la calle del Olmo.

Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les reconocieron y les llamaron.

Las dos muchachas aguardaban a la Engracia, que se había ido con un señor. Mientras tanto, reñían. La Rabanitos juraba y perjuraba que no tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los dieciocho.

—¡Si se lo he oído decir a tu madre!—gritaba.

—¿Pero qué va a decir eso mi madre? ¡Cerda!—replicaba la Rabanitos.

—Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!