—Pero hay un Cojo.

—Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.

—¿Es el jefe de la partida?

—Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?

—Comprendido.

—Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente... al pelo.

—Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?—preguntó Manuel—; porque yo maldito si lo sé.

—Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso; si no te van a coger por prófugo.

—¡Pse!

—Se lo diremos al Cojo.