—Vamos al Círculo—dijo Vidal.
El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había billares y algunas mesas de café.
Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y a un mozo que apareció le dijo:
—Dos cubiertos.
—Van.
—Oye—añadió Vidal—: desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.
Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
—Vamos a tomar café arriba—dijo Vidal.
Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal, y pasaron a un corre dor a cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.
Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló a Vidal y a Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.