Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos croupiers y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

—Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las cartas entre los dedos del croupier.

—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.

—Tomaron café y una copa.

—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.

—No.

—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.

—¿Se podrá saber cómo se llama?