—Sí; el bacarrat. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.

Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.

Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.

Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.

Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vió cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de Lisboa.

Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.

—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.