—¡Qué suerte tienes chico!
—Ahí verás.
—¿A que le has sacado ese dinero a tu novia?
—No.
—¡Bah! No me engañes.
—Te digo que no.
—Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba a dar el dinero si no? Una persona cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.
—Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.
—Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido a contarme unas cuantas bolas.
Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.