—Entonces tenemos camino largo.

—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.

Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha, ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.

En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:

—¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?

Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca de un hornillo, contestó uno de ellos:

—¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.

Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.

—¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz?—preguntó de nuevo Garro.

—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Si, aquí vive. Es el administrador.