En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: «Se cose a máquina».

Llamaron y apareció un chiquillo rubio.

—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.

Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes extremos de alegría y saludó a Ortiz.

—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.

—En la cocina; ahora viene.

El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.

—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.

—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido a éste.

Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.