—¿Y Jesús, en el hospital?

—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.

No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al hospital. Afortunadamente, se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar el alta.

En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a la máquina.

—¿Te quedarás a cenar con nosotras?—le preguntó la Fea a Manuel.

—No, no puedo; no me dejan.

—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise a este hombre vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.

—Sí, pues se lo aseguramos a usted—dijo la Fea.

—Bueno, entonces me voy. Mañana a las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?

—Sí, señor.