—Con exactitud militar.
—Con exactitud militar.
Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste le miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba a la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos: el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto a otro, y le había sustituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres o cuatro novias y a todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió, o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.