CAPÍTULO VIII

La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.

Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.

—Así me gusta—le dijo el cabo—, con puntualidad militar.

Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote a Manuel y salieron los dos.

—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia a Manuel—, y tú mira bien si está el Bizco.

Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.

Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.

Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el Orden público.

—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.