Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.
—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.
—Está pago—replicó el tabernero.
—Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.
—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro, pero muchas veces, donde menos se piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
—Eh, Tripulante, haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.