—¿Tú conoces a un randa a quien llaman el Bizco?
—¿Anda por estos barrios?
—No, por aquí no.
—¿De veras?
—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo ¿eh? que te vas a caer.
El Tripulante se echó a reir, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, camará!
—Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.