—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se filará.

Salieron el guardia y Manuel del café.

—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá que el Tripulante tenga razón.

Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada; brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca con el sereno.

Ortiz le dijo a lo que iban, le dió las señas del Bizco; pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.

—Preguntaremos si ustedes quieren.

Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.

Salieron del patio y recorrieron una callejuela.

—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.

—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.