—La autoridad—contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.
—Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo—dijo Manuel.
—Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que hala!—repuso Ortiz—. Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.
—Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
—En la taberna de la Blasa.