—Bueno. Allí iré a las tres.

—Volvieron a pasar el puente y entraron en Casa Blanca.

—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un portal, y a un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.

—¿Quién es?—gritó.

Ortiz se dió a conocer.

—Aquí no está ese—contestó el administrador—. Estoy seguro; tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.

De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas cerradas.

Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde se había encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el sereno de este y otros crímenes cometidos allá cerca, y se despidieron.

—Este sereno es un barbián—dijo Ortiz—; ha acabado con los matones de las Peñuelas a garrotazos.

Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué a su casa.