—¿A cuánto? No sé de seguro la cantidad. ¿Pero es que tú irías?
—¿Por qué no? Si se gana mucho…
—Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego hablaremos.
Efectivamente, se había oído en medio de la noche un agudo silbido. Los cuatro salieron al puerto y se oyó el ruido de las aguas removidas por una hélice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del muelle, que sujetaron la amarra en un poste.
—¡Eup! Manisch—gritó Ospitalech.
—¡Eup!—contestaron desde el mar.
—¿Todo bien?
—Todo bien—respondió la voz.
—Bueno, entremos—añadió Ospitalech—que la noche está de perros.
Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco después se unieron a ellos Manisch, el patrón del barco la Fleche, que al entrar se quitó el sudeste, y dos marineros más.