—¿De manera que tú estás dispuesto a encargarte de ese asunto?—preguntó Ospitalech a Martín.
—Sí.
—¿Solo?
—Solo.
—Bueno, vamos a dormir. Por la mañana iremos a ver al principal y te dirá lo que se puede ganar.
Los marineros de la Fleche comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba, entre gritos y patadas, la canción de Les matelot de la Belle Eugenie.
Al día siguiente, muy temprano, se levantó Martín y con Ospitalech tomó el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judío que se llamaba Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era dependiente del señor Levi-Alvarez y contó a su principal cómo Martín se brindaba a realizar la expedición difícil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas.
—¿Cuánto quiere usted por eso?—preguntó Levi-Alvarez.
—El veinte por ciento.
—¡Caramba! Es mucho.