—Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito—dijo
Martín.

—No tengo inconveniente.

El judío quedó un poco perplejo y, después de vacilar un poco, preguntó:

—¿Cómo quiere usted que lo haga?

—En pagarés de mil duros cada uno.

El judío, después de vacilar, llenó los pagarés y puso los sellos.

—Si cobra usted—advirtió—de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras.

—¿No las podría depositar en los pueblos en casa del notario?

—Sí, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro de la guerra. Preséntese usted al general en jefe y le entrega usted las cartas.

—Eso haré.