—Aunque sea a morir. Ahora, vete. ¡Por Dios! No nos sorprendan.
Martín se había olvidado de todos sus peligros; marchó a su casa y sin pensar en espionajes entró en la posada a ver a Bautista y le abrazó con entusiasmo.
—Pasado mañana—dijo Bautista—tenemos el coche.
—¿Lo has arreglado todo?
—Sí.
Martín salió de casa de su cuñado silbando alegremente. Al llegar cerca de su posada, dos serenos que parecían estar espiándole se le acercaron y le mandaron callar de mala manera.
—¡Hombre! ¿No se puede silbar?—preguntó Martín.
—No, señor.
—Bueno. No silbaré.
—Y si replica usted, va usted a la cárcel.