Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acercó al coche. Alguien abrió la portezuela y la volvió a cerrar en seguida.

—Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo—dijo el demandadero con voz gangosa.

El coche siguió adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se pasó una aldea, luego otra.

—¡Qué lentitud!—exclamó la monja.

—Es que los caballos son muy malos—contestó Martín.

Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenían delante ni atrás pueblos ni casas próximos, Bautista aminoró la marcha. Comenzaba a anochecer.

—¿Pero qué pasa?—dijo de pronto la superiora—. ¿No llegamos todavía?

—Pasa, señora—contestó Zalacaín—que tenemos que seguir adelante.

—¿Y por qué?

—Hay esa orden.