—¿Y quién ha dado esa orden?
—Es un secreto.
—Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.
—Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.
—No, iré con Catalina.
—Imposible.
La superiora lanzó una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba los ojos, exclamó:
—¡Ah! Estaban entendidos.
—Sí, estamos entendidos—contestó Martín—.Esta señorita es mi novia y no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.
—No es verdad, yo lo impediré.